cineideal.wordpress.com

Just another WordPress.com weblog

Mi tío, de Jacques Tati

                                                                                                         MI TIO

                                                                                                de Jacques Tati

                                                                                          Francia-Italia, 1958

Amar la buena vida

Cuantas veces hemos oído decir, o hemos dicho, o nos han dicho: “Desde luego éste vive en su mundo”. Suele ser una expresión que lleva consigo una carga crítica, referida a que determinada persona no está implicada en aquello que resulta efectivo socialmente. Sin embargo habría que preguntarse, y quién no lo hace? Es posible vivir en otro mundo que no sea el propio?

El Sr. Hulot es la persona que tiene todas las papeletas para ser acusado de “vivir en su mundo”. Es un hombre que podríamos tachar de inconsciente, de no ser capaz de ver la trascendencia de lo que le rodea, de no captar cómo sus actos pueden influir de manera ridícula en el devenir del cosmos. Él sencillamente se deja llevar, vive la vida y ama la buena vida, habita un mundo sencillo y al tiempo de aislamiento complejo, podría decirse que de un pacífico ensimismamiento.

Este mundo se representa en un lugar lleno de rincones suburbiales en los que la charla y el coloquio asaltan lo cotidiano del mercado, donde el irremediable encuentro aporta sentido a la vida. Es una forma de estar frente a la soledad, de ser en la soledad estoica e inocente del niño que se aburre sin agobio o del adulto que deambula sin fe, ajeno al bullicio estéril, reparando en cosas pequeñas y emocionantes, dentro de un engranaje perfecto, como parcelas estancas y minúsculas de tiempo y de vida.

Mundos contrapuestos y fronteras

Jacques Tati dirigió “Mon Oncle” en 1958, confrontando a su protagonista, que él mismo interpretaba, con la dualidad de mundos contrapuestos. Lo representa con gran acierto en la escena inicial cuando unos perros callejeros deambulan por las calles del barrio rebuscando entre los cubos de basura. Uno de ellos, Dackie, el que lleva su chaleco rojo, no es un perro de la calle, tiene dueño y con presteza según amanece corre junto a los demás de regreso a su casa, ese lugar cerrado al que tiene que colarse por una rendija. Una valla ruinosa representa la frontera entre los dos mundos, una vez que la cruzamos los perros encuentran un lugar muy diferente, lleno de indicativos, de señales, de normas. El cine de Tati a simple vista parece deslavazado y anárquico, pero sus películas están bien pautadas, nada se deja a la improvisación. En la película la sociedad de los perros es la imagen de la sociedad de los hombres.

El Sr. Hulot vive en los dos mundos, no tiene problema cada día en cruzar la frontera física que los separa, para ir a buscar al colegio a su sobrino Gerard y llevarlo hasta la casa lujosa de los Sres. Arpel, sus padres. El personaje siempre fiel a sí mismo, adopta idéntico comportamiento en ambos mundos. Aquellos entre los que transita de manera consciente, procurando un sorprendente orden imaginario, que curiosamente hace patente, cuando al pasar coloca con mucho cuidado el guijarro que ha caído de la ruinosa pared fronteriza, en un ejercicio de comunicación natural con la vida que le rodea.

Orden, productividad, laberinto y divergencia.

En la relación entre Hulot y el niño, Jacques Tati teje la urdimbre de la contaminación y la mezcla, como acción perversa y saludable al tiempo. Así nos propone una crítica al exceso de ordenación, del mundo en que el confort diseña un ambiente despersonalizado y la felicidad aparece como programada en un conjunto de caminos predeterminados. Todo está medido y previsto, no falta de nada, pero de la misma forma resulta profundamente frío y por ende cómicamente ridículo.

Hay un fuerte contraste entre la casa de los Arpel y el edificio en que vive Hulot, en él podemos intuir el recorrido laberíntico que el protagonista sigue escalera arriba, escalera abajo, con vueltas y revueltas inverosímiles y poco eficientes. Sin embargo todo se colma al entrar en la casa y abrir la ventana dejando que un rayo de sol se refleje sobre la jaula del canario que inmediatamente comienza a cantar. Esto llena el espacio de un calor completamente desconocido en casa de los Arpel.

Se deja entrever así en la historia una reivindicación de la divergencia, en una sociedad en la que las personas tienen una gradual pérdida de contacto con sus objetos y con los procesos que nos relacionan. Pone así de manifiesto una crítica a la mecanización, a la deshumanización y pérdida de sensibilidad que lleva consigo. Es muy cómica la escena de la película, en que Hulot, que por fin empezó a trabajar en la fábrica del Sr. Arpel, cuida de la manguera que sale de la máquina, cuando de manera inopinada y ante la distracción del protagonista, comienza a sacar el producto de manera irregular, con formas distintas a las homologadas para un producto elaborado según las normas, generando una auténtica catástrofe productiva. Esta creatividad que rompe con lo lineal, parece que está reñida con la producción en cadena que procura grandes beneficios económicos si, pero que se tiñe de una frialdad bastante insoportable.

Cuántas cosas se ponen de relieve en el barrendero que no pierde oportunidad de comentar con todos los viandantes cuanto se le ocurre y tiene eternamente pendiente el montón que ha de recoger con su escoba, abordado una y otra vez.

Estereotipos de la felicidad

Hulot representa la alegría de vivir, puede calificarse como el paradigma de la desorganización y del despiste. Su imagen es desgarbada y desastrosa. Su hermana expresa en un momento dado: “lo que necesita es una meta, un hogar (en referencia a casarse), necesita esto”, señalando todo el confort que les rodea, en clara referencia a un estereotipo de la felicidad.

Pero en realidad a Hulot lo que le sobra es felicidad, está lleno de vida. Hace feliz a su sobrino Gerard, cada vez que lo lleva a pasear o cuando regresan del colegio. Es en esos momentos en los que el niño vive y se relaciona con libertad, cuando éste puede llevar a cabo las cosas propias de su edad, engullir dulces, o bien gastar bromas y jugar con otros niños, viviendo así una ceremonia iniciática en el que su tío es el agente liberador.

La imagen de Hulot con el niño cogido de la mano es la metáfora de la transmisión que se produce en estos encuentros y al tiempo representa la contaminación de costumbres y puntos de vista que le aporta. Sus padres no paran de protestar cuando el niño regresa lleno de suciedad, inmediatamente ha de meterse en la ducha para reestablecer la limpieza. Entre padre e hijo no existe contacto físico visible en la película y sin embargo es curioso constatar los perversos efectos del mestizaje que Tati pone de relieve al final de la película cuando de manera sorprendente ambos juntan sus manos en una escena llena de complicidad, en la despedida del tío Hulot.

Esta contaminación de la que hablamos se pone de manifiesto de una manera muy cómica en otra escena que se desarrolla en el despacho de la fábrica. Los directivos quieren ponerse en contacto con Hulot para ofrecerle trabajo y le llaman al único teléfono en que pueden localizarle, un teléfono público que hay junto al mercado. Sin darse cuenta la línea se queda enganchada y posteriormente, cada vez que levantan de nuevo el auricular para hablar, irrumpe de manera irreverente el bullicio de la calle en el santuario de la perfección y del orden económico.

Tati nos lanza un mensaje subliminal en la película, cuando los Sres. Arpel al finalizar su jornada de trabajo se sientan cómodamente a mirar la televisión y entonces sale un rótulo que les dice “Reflexionen Vds.”

Pues eso, ahí queda todo dicho.

DERRIDAJACQUES

Dirección: Jacques Tati.- Guión: Jacques Tati, Jacques Lagrange, Jean L´Hôte.- Fotografía: Jean Bourgoin.- Música: Franck Barcellini, Alain Romans.- Montaje: Suzanne Baron.- Producción: Francia, Italia, 1958.- Intérpretes: Jacques Tati (monsieur Hulot), Jean-Pierre Zola (Charles ArpProducción:el), Adrienne Servantie (madame Arpel), Lucien Frégis (monsieur Pichard), Betty Schneider (Betty), Jean-François Martial (Walter), Dominique Marie (Neighbor), Yvonne Arnaud (Georgette), Adelaide Danieli (madame Pichard).- Duración: 120 minutos. 

12 enero, 2011 Posted by | -PORTADA- | Deja un comentario